A Argentina ni la mencionamos, pues está significativmante dividida, entre los que recuerdan a un sacerdote relacionado estrechamente con la dictadura militar, inflexible con los Kirchner y renuente al tema de la homosexualidad en cualquier aspecto. La otra mitad de ésta nación está embriagada de ego y orgullo por este nuevo "triunfo", se sienten, algunos que he leído, que dominan al mundo. Yo les pregunto a esos a los que se les subió ¿Y las Malvinas?... Y la respuesta es un mutismo total, no, no dominan al mundo, no dominan ni a una pequeña isla a un costado, menos al mundo.





Me gustaría verlos allí, en ese lugar que hace un par de semanas, Ratzinger, todavía ocupaba, en las mismas circunstancias que él, habiendo vivido todo lo que él, habiendo visto todo lo que él, sufriendo lo mismo y con sus ochenta y cinco años encima y ver cómo manejan los casos de pederastía por ejemplo, cómo calman a una horda de sacerdotes corruptos, sedientos de poder y lujos, cómo manejan las duras críticas de una burguesía cómoda que sólo se entera de las cosas porque prenden el televisor o la computadora. O como cuando era cardenal, querer señalar a los culpables de pederastia y no poder por el enorme apoyo de la Curia y del Papa (Juan Pablo II), por la enorme popularidad de Maciel entre ellos, por toda la protección de la que gozó y, especialmente, del cariño y simpatía que Juan Pablo II le tuvo al pederasta. Eso es tener las manos atadas. Estar rodeado de una mafia increíble e interminable que no te deja hablar ni actuar, tener que guardar un testimonio acerca de esa corrupción porque ¿qué prefieres? ¿que corra peligro tu vida o la de tu familia o que vivan señalándote por cosas que aunque denunciaras no se haría nada al respecto? (por las mordidas a la justicia de parte del Vaticano).
Benedicto XVI no simpatizaba con Maciel, jamás fue su amigo, cuando tuvo la oportunidad, ya como papa, inició la investigación en su contra aún estando en ese mar lleno de tiburones.
Joseph como hombre reservado (que yo también lo hubiera sido de haberme visto rodeada por el mismo ambiente que él) nunca buscó una popularidad ni estar en boca de nadie. Como hombre sencillo, no buscó ascender en su carrera eclesiástica, pero inevitablemente avanzó hasta alcanzar la cumbre... Aparentemente, uno de las mayores glorias para cualquier cura, pero no para él. No para un hombre que hubiera preferido no enterarse acerca de la enorme corrupción en su iglesia, no para quien no podría lidiar con la decepción de una concepción errónea de su institución, no para alguien como él que no tenía la fuerza para confrontar los horrores que se ocultaban bajo las sotanas, los hábitos y las parroquias de sus compañeros, que no tenía la fortaleza suficiente para seguir luchando después de tantos años, que tampoco tenía la solidaridad, la simpatía y el cariño de amigos para soportar las duras condenas en su contra. Debió ser muy fuerte y yo en su lugar, tal vez, también habría hecho lo mismo: renunciar. Renunciar, a domar esa masa de perros hambrientos y violentos, ante la carencia de juventud, valentía y decisión.
No sé cómo vaya a resultar éste nuevo papa (Bien les conviene que sea mejor por la supervivencia de su institución), poco importa porque no creo en los papas, no obstante, salí en defensa de Benedicto XVI porque fue muy humano.
Quizás si hubiera gozado del mismo cariño popular del que gozó Juan Pablo II, su papado habría sido más fácil, habría recibido apoyo de parte de la Curia Romana y la gente habría seguido pasando por alto los errores de la iglesia, pero lo cierto es que la gente poco estimó a éste pontífice que vio esombrecido su rostro por el de su desaparecido predecesor. Si Benedicto XVI hubiera sido un Juan Pablo II, quizás, le hubieran perdonado todo.
Me identifiqué con ese humanismo tan a flor de piel de Joseph R. que ni la "infabilidad papal" le pudo arrebatar y que el carisma, la popularidad o la lástima de una enfermedad tampoco pudieron ocultar. Fue sólo un humano más en la silla de San Pedro y eso no lo exonera de cometer faltas. Todos las cometemos. En distinto grado y en distintos ámbitos, pero todos. Sólo que, ciertamente, hay algunos que no pueden equivocarse, como el papa, más concretamente... como Benedicto XVI.



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